Wenders
insiste en un ensayo en el que nos habla de sus obsesiones. No hay atisbo de la
conmoción ni de la plasmación de la belleza sobre la que teoriza en esta cinta.
Todo eso Wenders lo recita de carrerilla pero no lo ejecuta.
Esas
reflexiones son, en mi opinión, indudablemente interesantes, esa búsqueda de la
pureza en la imagen, de algo que tenga realmente sentido, hasta qué punto eso
es compatible con la inevitable contaminación de la mirada de un director.
Todo ello es típico en Wenders e incluso de su
forma de trabajar en determinadas etapas de su carrera como director. También
son disfrutables los puntos de humor liviano que, desde el principio con una
construcción cercana al del cine mudo y la presentación del protagonista, van
apareciendo sin sobresaltos a lo largo de la cinta.
Wenders
delibera sobre la imagen, sobre su significado y el peso que tiene en nosotros
(no en vano el discurso del alemán siempre fue más allá de un uso puramente
narrativo de la imagen, tratando de extraer realidad a través de la
improvisación). Reconstruye el mecanismo, nos muestra los muelles, los
engranajes, pero no le da vida y acaba estirando lo que nos cuenta hasta
derretir nuestra atención.
Por supuesto
lo ideal es que esa teoría se hubiese plasmado en imágenes que es,
precisamente, lo que Wenders defiende en la película. Y es que eso de alargar
la búsqueda del amigo con imágenes de Lisboa, golpes pseudo-humorísticos, para
al final culminar con monólogo brasa del amigo.
La conmoción
en Wenders está disecada, acotada por alfileres que nos señalan con detalle qué
es cada cosa, y eso que el alemán lo
intenta en su retrato de una postal de Lisboa, en esa fugaz historia de amor,
en cierta ternura, en la contenida hipnosis de las actuaciones de Madredeus, pero se queda en el intento.

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