miércoles, 5 de marzo de 2014

EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN

DAVID WARK GRIFFITH

Hacia 1915, el lenguaje del cine se había desarrollado paulatina, pero constantemente. De las vistas de un solo rollo, la cinematografía había pasado a los grandes espectáculos de larga duración y múltiple escenarios y actores.
Por su parte, la industria había crecido y se había establecido como una de las formas de entretenimiento más populares. Faltaba la gran película que ayudara a que el cine se consolidara como una forma de expresión estética.
David Wark Griffith comenzó su carrera en los escenarios teatrales, como actor y autor de piezas poco afortunadas. Su entrada al cine -como actor en el corto de 1907 Rescatado de un nido de águila- le había dado dinero y una posición dentro de la nueva industria, pero no el prestigio que el teatro podía proporcionarle.
Sin embargo, y quizás muy a su pesar, sería el cine y no el teatro el que daría a Griffith la oportunidad de inscribir su nombre en la historia. Para 1915, Griffith había producido, escrito y dirigido más de trescientos filmes, incluyendo el probable primer largometraje del cine estadounidense: Judith of Bethulia (1913).

Su gran película surgió a partir de dos novelas sobre la derrota del Sur en la guerra civil. Griffith vio en esta etapa de la historia reciente de su país el tema ideal para el filme que revolucionaría al cine.


Desde su estreno, El nacimiento de una nación fue considerada como una de las películas más importantes y de mayor influencia en la historia de la cinematografía. Aun para los estándares actuales, sus cifras son impresionantes: 5.000 escenas diferentes, 1.357 tomas individuales, 18.000 actores y extras, 3.000 caballos y 7 meses de producción.
Con este gigantesco filme, Griffith culminó todas sus experiencias adquiridas a lo largo de siete años y se convirtió en el maestro de varias generaciones de cineastas.
En el Sur, hacia 1860, vive feliz en su despreocupación la acaudalada familia Cameron, que tiene nexos con la familia del diputado anexionista Stoneman. El estallido de la Guerra Civil separa a ambos clanes. El Sur, después de su derrota, es prácticamente dominado por Silas Lynch, el líder de color que ha formado un brutal ejército dedicado al pillaje ya mantener el “orden negro”. Un sargento de este ejército trata de violar a flora, la hija de Cameron, que en su intento por huir de su atacante cae a un precipicio matándose al estrellarse contra las rocas. Su hermano Benjamín, ex-coronel del ejército confederado, decide vengarla y aprovechar el creciente poderío del Ku-Klux-Klan fundado por él. A su vez, Lynch pretende casarse con Elsie, la hija del diputado Stoneman. Al negarse éste, Lynch se encoleriza y manda arrestar al diputado, para después raptar a su hija, que finalmente es salvada por el Ku-Klux-Klan. Los negros descubren que el coronel Cameron es el líder del Klan y deciden atacar a su familia, pero ésta huye a una cabaña en donde es ayudada por dos ex-combatientes sureños. Grupos de negros sitian la cabaña hasta la llegada de los victoriosos jinetes del Ku-Klux-Klan, que los hacen huir.
Griffith basó su guión en la novela “The Clansman”, del reverendo Thomas Dixon, que narraba con acento heroico el nacimiento y la actuación de la organización racista Ku-Klux-Klan al acabar la Guerra de Secesión. Griffith era, al igual que el reverendo Dixon, hijo de un coronel sudista.
Arruinado por la guerra civil. Entre sus confusos principios de autodidacta se hallaba profundamente arraigado, desde los lejanos días de la infancia, el desprecio hacia la raza negra, considerada como inferior. Griffith se proponía mostrar en la película la amistad y el amor de dos familias blancas, los Stoneman y los Cameron, bruscamente enfrentados por el estallido de la guerra civil, al tomar los primeros partido por el Norte y los segundos por el Sur.
El nacimiento de una nación iba a constituir una pieza dramática capital, que contribuiría a atizar uno de los más candentes problemas que gravitan sobre la sociedad norteamericana desde los días de la guerra civil. La película se rodó en once semanas, con gran lujo de medios, y costó 110,000 dólares, cifra fabulosa teniendo en cuenta el valor del dólar en 1914. El éxito comercial obtenido estuvo en función de la polvareda polémica y del escándalo que suscitó. Antes de que la cinta se estrenase, el presidente Wilson se la hizo proyectar en la Casa Blanca, pero ante la proximidad de las elecciones, y deseoso de ganarse los votos del Sur, no hizo nada para impedir su difusión.
El estreno tuvo lugar en Los Ángeles, bajo la protección de la policía. Los medios liberales e intelectuales del país criticaron abiertamente aquella película que mostraba a los negros como seres villanescos o degenerados (y los pocos negros “buenos” que aparecían eran, inevitablemente, esclavos tontos y estúpidos). Los incidentes no tardaron en estallar: en mayo de 1915 la policía de Boston se enfrentó en las calles con la multitud, durante un día y una noche, produciéndose numerosas víctimas; violentas manifestaciones contra el filme tuvieron lugar en Nueva York y Chicago. Era el primer gran escándalo de la historia del cine, y por lo mismo, el primer gran éxito de taquilla. Las apasionadas tomas de posición de los periódicos sobre esta película tuvieron la virtud de instituir la crítica de cine como sección regular en sus páginas. Todo el mundo hablaba y discutía sobre El nacimiento de una nación, todo el mundo iba a ver la película, una o varias veces. Como consecuencia, su recaudación comenzó a elevarse hasta llegar a batir todas las marcas pasadas y futuras: en 1963, la revista “Variety” todavía colocaba El nacimiento de una nación a la cabeza de los éxitos de taquilla del mercado norteamericano, con una cifra estimada superior a los 50 millones de dólares y seguida de otra película racista de corte parecido: Lo que el viento se llevó (1939, Victor Fleming), con 41.200.000 dólares.
Desde el punto de vista técnico, El nacimiento de una nación marcó una fecha decisiva en la evolución del arte cinematográfico. La versión final de la película constó de doce rollos, con un total de 1.375 planos, que hacían progresar la narración gracias a una ágil utilización del montaje. Con El nacimiento de una nación se rebasaba, definitivamente, el híbrido recodo del cine-teatro, de las estampas fotografiadas. Los planos generales se combinaban con los planos próximos: tres cuartos, medios y primeros planos. Se dice que el operador de cámara, Billy Bitzer, se resistía a tomar planos de conjunto, en los que las figuras resultaban muy pequeñas, afirmando que para el espectador “aparecerían como conejos”.
Pero Griffith no temía alternar un plano general con uno cerrado, produciendo un choque óptico, ni desplazar la cámara para efectuar una toma de vistas de movimiento. En este sentido, la espléndida apertura de la batalla de Petersburg ha quedado como un fragmento antológico de su estilo. Se inicia con la imagen de una mujer que, asustada, estrecha a una criatura entre sus brazos. Están sobre un promontorio. Entonces la cámara descubre un movimiento panorámico hacia la derecha, describiendo un amplio valle por el que marcha una lejana columna militar, mientras unas casas, al fondo, son pasto de las llamas. Con una sola toma, gracias a un simple movimiento de cámara, Griffith demuestra que la pupila de cristal es capaz de alcanzar dos perspectivas visuales muy diversas, contrastando además el contenido del encuadre: la pobre mujer temerosa y la rigidez mecánica, inhumana, de la columna militar vista desde la altura. El coronel nordista, con el sable desenvainado, conduce sus tropas al asalto (plano general); llega a las primeras líneas (plano medio), y planta su bandera en la boca del cañón enemigo (plano americano). Un sudista salta fuera del parapeto (plano medio seguido de una panorámica) para auxiliar a un herido nordista (plano próximo). Un soldado hunde su bayoneta en el cuerpo de un adversario derribado (plano americano). Otro reconoce entre los muertos enemigos a un antiguo amigo (plano medio). Una mano (primer plano) reparte unos granos de café y (plano medio) los distribuye a los hombres mientras la batalla se desarrolla (plano general y de conjunto). Toda la batalla de Petersburg estaba mostrada alternando los grandes planos de conjunto con los planos próximos que detallan las incidencias particulares del combate. Y el montaje paralelo, recurso narrativo predilecto de Griffith, permite orquestar tres acciones alternadas por el montaje: la ciudad de Atlanta en llamas, las escenas de angustia en el interior de la mansión de los Cameron, y el campo de batalla.
Contrastando con la maestría técnica en la planificación y el montaje y con la pericia en la dirección de masas, la dirección de actores se reveló en muchas ocasiones excesivamente tosca. Claro que el defecto arranca ya del guión, del esquematismo psicológico de los personajes, divididos pura y simplemente en “buenos” y “malos”, sin profundidad ni matices. A la falsedad interpretativa contribuyó la elección de Griffith de actores blancos, con el rostro embetunado, para encarnar a la mayor parte de los personajes negros. El reparto comprendió nombres que no tardarían en refulgir como estrellas de la gran época del cine mudo, no tardará en catalogarse como uno de los directores más activos del cine norteamericano. Pero, en su conjunto, las posibilidades de los intérpretes se vieron coartadas por los límites propios de este primario melodrama racista, verdadero himno en honor del Ku-Klux-Klan- cuya fuerza y vigor reposaban, exclusivamente, en la excepcional intuición cinematográfica del autodidacta Griffith.

El inmenso éxito de El nacimiento de una nación tuvo la virtud de transformar la joven industria cinematográfica, en la que comenzaron a poner sus ojos los financieros de Wall Street. Con el espaldarazo de la alta banca, los negocios de los independientes empezaron a conocer complejas y ambiciosas combinaciones. En julio de 1915 se unieron las firmas de Harry Aitken, Adam Kessel y Charles Bauman, para formar la Triangle Pictures Corp., aportando cada uno de ellos a su respectivo director artístico: David W. Griffith, Thomas H. Ince y Mack Sennett. Los tres mayores creadores del cine norteamericano formaron así los vértices de un triángulo, que hasta su liquidación en 1918, estuvo a la vanguardia de la producción norteamericana, produciendo obras de un interés histórico capital.

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